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miércoles, 7 de octubre de 2015

RECOLECCIÓN DE PRINCIPIOS: "Un debate presidencial sin show ni argumentos", por Nelson Pascutto

Luego del debate entre los candidatos presidenciales argentinos, al que no asistió el candidato del partido del gobierno, una gran mayoría comentó “lo aburrido que fue”. Se quejaron por la falta de peleas y chicanas. Y hasta los principales analistas y opinólogos confesaron que no soportaron ver más de quince minutos.
Tal vez tengan razón, “el primer debate de la historia” fue un bodrio y, a juzgar por la historia electoral reciente, por dos razones: porque la conciencia media de los argentinos está acostumbrada a los escándalos televisivos, a las chicanas y pases de dirigentes de un partido a otro, a candidatos con relaciones ocasionales con modelos de revistas y vedettes de teatros comerciales, al protagonismo inexpugnable de los periodistas políticos que ya no preguntan: exigen oír solo lo que quieren escuchar. Porque hay un acostumbramiento general al griterío, al palabrerío, al se dice que dijo lo que decía quien dijo lo que no dijo. Porque hay encuestadores, economistas y asesores de imágenes que pronostican y advierten acontecimientos que nunca ocurren, y construyen día a día sensaciones en un público que mira sin más cómo se erigen y caen sus predicciones como castillos de naipes. Porque lo que hay es espectáculo y entretenimiento. Y porque se apela únicamente a las emociones, las sensaciones, los impulsos. Las propagandas con esa voz en off que relata las nimiedades de la vida cotidiana cual épica trascendente de la más noble humanidad (para vender una cerveza, un yogurt o un candidato) es el mecanismo abobado que reduce a la nada cualquier idea, opinión o argumento. Si alguien tiene la peregrina intención de elaborar y comunicar un mínimo punto de vista, comprobará en sus interlocutores un estupor solo comparable con la estampida de un rebaño de venados al descubrir una manada de leonas en acecho. Las redes sociales multiplican de manera ampliada, constante y efectiva toda manifestación de sensaciones por intermedio del abuso de los signos de exclamación y de los, justamente, emoticones: un clásico ya de estos tiempos. Y limitan deliberadamente en un determinado número de caracteres cualquier intención de decir algo. Es más: las imágenes, de la mano de  selfies y videítos, van camino a imponerse como lenguaje dominante. El uso de la palabra como ladrillo edificante de argumentos que buscan erigir ideas capaces de ser confrontadas con otras ideas, para buscar soluciones a los problemas de nuestra “realidad real”, la que debemos enfrentar diariamente y se nos revela más allá de toda pantalla, se desintegra al chocar de frente contra la locomotora del escándalo.
Y no se trata, ni siquiera, de mantener a la razón en el centro de la Historia. Y aquí viene la segunda razón: de lo que se trata es de revertir ese círculo vicioso del escándalo para devolverle el debate político a nuestros problemas “reales”. Porque este debate de candidatos presidenciales no fue el resultado de un debate nacional, no fue la conclusión de un razonamiento con anclaje en los serios problemas que tiene diariamente nuestro país. El debate no buscó dar respuestas a las preguntas que todos nos hacemos con relación a nuestro trabajo, nuestra vivienda, nuestra educación, nuestra salud. El debate no se planteó, ni siquiera, su razón de ser. Y tanto es así que los showman del periodismo lo presentaron como un acontecimiento fundante: “el primer debate de nuestra Historia”. Cuando en realidad no fue más que una cosmética electoral que muestra, allá lejos, una penosa intención de imponer el debate político desde arriba. Sí, en el mejor de los casos el debate de candidatos presidenciales quedó reducido a un mero intento de instalar el debate político en la sociedad. Pero un intento fallido y malparido. Porque todo debate nacen desde los problemas, en el barro de los acontecimientos, en la vida misma. Un debate político solo puede ser nacional con participación. En la política de hoy no hay participación. Es cierto que muchos jóvenes desde muchísimos lugares se han interesado en la política y buscan participar, pero los canales de participación continúan cerrados. Las decisiones en los partidos políticos se toman entre cuatro paredes y entre tres o cuatro dirigentes. Los locales partidarios solo se abren para las campañas políticas. Las convocatorias son desde arriba y desde la televisión. Para captar voluntades se apela más a una consigna que a un debate en la calle. En tres palabras: no hay debate. No hay confrontación de argumentos. No hay construcción de espacios políticos capaces de crear cuadros políticos. Hay sí escuelas de capacitación y no sabemos cuántas cosas parecidas, pero para círculos cerrados, para determinada clase y calidad de ciudadanos. Y sin debate desde abajo, se pierde la capacidad crítica, se pierde el objetivo esencial de todo debate: la crítica. Y sin crítica no hay superación ni construcción ni nada. Sin crítica nos gana el quietismo acomodaticio de los políticos sin política. Sin crítica terminamos aplaudiendo a los políticos que saltan de un partido a otro como quien cambia de gustos de helados. Sin crítica no hay vida política. Y eso es lo que no tuvo el debate: vida.
Acaso sirva este intento zonzo de debatir desde las cumbres del show televisivo, para darnos cuenta de que debemos reconstruir, casi desde cero, un debate político nacional que nos devuelva la vida política.
Nelson Pascutto 

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